DELIBERACIONES EN EL SALÓN DE LA CASA WELLINGTON

DELIBERACIONES EN EL SALÓN DE LA CASA WELLINGTON

-Los Secretos de la Mona Lisa-

Por Fernando Egui Mejías

 

“Miedo a la oscuridad.

Miedo a la oscuridad.

Tengo un miedo constante

de que algo está siempre cerca.

Miedo a la oscuridad.

Miedo a la oscuridad.

Tengo una fobia de que alguien

siempre está allí.”

Iron Maiden

 

El Sr. Arthur Wellington siempre se ha distinguido por organizar discretos festines, en favor de tertulias entre  sus apreciados conocidos y allegados. Él y su selecto grupo de amigos acostumbraban reunirse a deliberar sobre obras de arte de gran impacto universal. Solo piezas invaluables y de un carácter sublime a las sensibilidades que custodian el verdadero arte, eran dignas de análisis en aquel intelectual y bien entretenido círculo. Poco a poco aquel grupo iba ganando más integrantes, invitados por los ya pertenecientes a esa pequeña e inofensiva congregación con ínfulas de club.

 

La abundancia y el lujo no eran precisamente características de esos encuentros. Ningún elemento suntuoso, más allá de las obras expuestas, adornaban esas ocasiones. Nada fuera de lo habitual, dadas las circunstancias. Comida y bebida suficiente para quienes asistían, incluso si el furor del tema se extendía hasta el amanecer… Algunos, en ocasiones, optaban por quedarse a dormir en las habitaciones para huéspedes, situadas en la planta superior. Para el Sr. y la Sra. Wellington esto no representaba mayor problema, pues no tenían hijos; y aquella compañía, lejos de incomodarlos, les entretenían sus complicados pensamientos.

 

La casa de los Wellington bien podía ser un lugar bastante acogedor, sin dejar de ser sencillo. Lo suficientemente bien acomodado para el disfrute de quienes les visitaban. Nada ostentoso, pero muy confortable.

 

La riqueza de aquellos, quienes se reunían a favor de una ya establecida dinámica cultural, residía, más que en el tamaño de sus cuentas bancarias, en la vasta amplitud de criterio que poseían: ¡abierto, siempre abierto! y, por supuesto, también vinculado al privilegio de querer-saber-compartiendo-el-saber, más allá de los límites propios de las sociedades modernas. Sociedades estas que, para desgracia de la cultura futura, se han venido reservando el simple hecho de aspirar menos dentro de las posibilidades de lo cognitivo; sucumbiendo así ante la necesidad constante de un elemental entretenimiento y un ansiado espectáculo. El hombre del futuro será adicto a la distracción, y la quietud le irritará…

 

Eran entonces, las mujeres y hombres de este selecto grupo de amigos del Sr. Wellington, y a su vez, amigos de sus amigos, muy asertivos en sus intervenciones; muy alimentados del saber, y muy hábiles en la afanosa disciplina de investigar y sacar categóricas conclusiones.

 

En tal sentido, obras magníficas eran expuestas y descritas en el gran salón principal de la casa del Sr. Wellington; lugar acostumbrado para considerar dichos programas. Una vez al mes dejaban sus quehaceres a un lado para compartir unas horas en el Salón de las Deliberaciones; así llamaban aquel lugar.

 

Como ya eran seguidas e ininterrumpidas dichas reuniones, el Sr Wellington se tomó la atribución de estructurar la mecánica en cuanto a cómo debían llevarse aquellos encuentros; haciendo énfasis en que cada nueva reunión debería traer también nuevos amigos invitados. Cuidadosamente seleccionados. Luego de descubrir la obra a analizar, las personas que fuesen a plantear sus ideas deberían hacerlo sin interrumpir a quien estuviese hablando.

 

En esta ocasión invitó a sus habituales amistades, pertenecientes a aquel grupo. Organizando un nuevo encuentro para que, entre agasajos y deleites al paladar, deliberaran acerca de una obra de arte la cual había adquirido muy recientemente. Un cuadro tan magnífico como costoso, pero que aun nadie había visto. Era costumbre cubrir la obra antes de su exposición.

 

Ya llegados todos los invitados con sus acompañantes, procedieron a pasar al Salón de las Deliberaciones de una manera bastante ordenada y casi sistemática. El salón siempre estaba debidamente acondicionado, sin descuidar ningún detalle, gracias a los esfuerzos de la Sra. Wellington. Iluminación acorde, hilo musical, pasapalos y canapés; hieleras, vasos y bebidas dispuestas de manera tal que no fuese necesaria la distracción por motivos ajenos al tema de la reunión.

 

Siquiera ir al cuarto de baño era excusa para detener cualquier intervención; por tal razón siempre se exhortaba a los nuevos participantes a utilizar los primeros minutos de la llegada a la casa Wellington para tan naturales fines.

 

Todo estaba listo. No faltaba nada. Todo estaba cuidadosamente preparado para destinar la completa atención a lo que en minutos sería revelado.

El Sr. Wellington tomó la palabra.

 

Sean bienvenidos a un nuevo encuentro en el Salón de las Deliberaciones. Sepan que es de mi más grande agrado el que hoy hayan decidido venir para compartir lo que será esta nueva tertulia, este nuevo encuentro… Prosiguió cual moderador. -Iré al grano, pues ya todos saben para qué estamos aquí…  En esta ocasión, he invertido una gran suma de dinero por una pintura…. Su mano derecha se posaba sobre el manto que cubría el reciente enigma. Allí se situó, erguido y a la expectativa ante el inicio de aquel debate de inferencias, al lado de una suerte de caballete de madera que sostenía, ciertamente, un cuadro aun no revelado.

 

Aquel grupo sumaba no más de veinte personas, entre hombres y mujeres de una edad madura. Madura, más no senil. Caía la tarde y se dejaba arropar por el ocaso, lento pero progresivo, haciendo más útiles las lámparas de aquel salón, lo bastante iluminado como para afrontar cualquier noche.

 

Todos los invitados estaban ya allí. Algunos sentados y otros de pie. Algunos tomando sus bebidas, otros a punto de servirlas.

 

La costumbre consistía en compartir las curiosidades más fehacientes y fidedignas de la obra expuesta, con la debida intervención, solo de aquellos, que supieran datos notables y relevantes en cuanto a sus características y esmeros. Los nuevos invitados eran previamente informados en relación a la dinámica, y, maravillados, siempre sumaban más personas a aquel grupo.

 

Una de las mujeres exclamó retadora:

 

Vamos Arthur, ¡es hora ya de saber que hay debajo de esa manta!

 

Los anillos de todos ahora chocaban repetidamente contra sus copas y vasos, haciendo un ruido -acostumbrado para ellos- previo a la exposición de la obra que procederían a analizar. Al cabo de unos segundos el ruido cesó.

 

Luego de sonreír, elegantemente, el Sr. Wellington descubrió aquella enigmática obra, retirando el manto de tela gamuzada que la cubría, para luego doblarlo y disponerlo apartado, procurando no distraer el enfoque de los presentes.

 

Algunos minutos pasaron en silencio antes de que alguien emitiese palabra alguna. Todos estaban silenciosamente contemplativos ante semejante revelamiento. Por un momento solo se pudo escuchar la música que custodió aquel instante. Melodías similares siempre acompañaban aquel cenáculo. El género clásico de música orquestada; en definitiva el mejor entre todos. El menos invasivo, y a la vez, el más profundo y envolvente de todos los géneros creados por el hombre en la cuarta de las Bellas Artes. En esa ocasión se podía apreciar el más que hermoso Cantique de Jean Racine… Los segundos se sucedieron como inevitablemente siempre se han sucedido. Todos esos ojos en el Salón de las Deliberaciones miraban el imponente cuadro. La obra, en esta ocasión era, en efecto, una pintura.

 

El Sr. Wellington disfrutaba mucho este primer momento, en el que todos descubrían una nueva verdad, una nueva excusa para seguir respirando… para compartir, para deleitarse, para coincidir…

 

Ciertamente nos has hecho dudar, y me atrevo a hablar por todos aquí– se aventuró el primero en intervenir– casi nos has engañado Arthur. Vaya que eres impredecible. Se levantó de su silla y continuó hablando, muy seguro de lo que decía, acercándose a uno de los extremos de la pintura. -Estamos frente a la mejor copia jamás hecha de una de las más representativas obras pictóricas del Renacimiento. Dejó escapar una pequeño ruido, como una risa nerviosa, típica de a quien no le es habitual hablar frente a tantas personas. Continuó. -Se le conoce, tanto por el nombre de La Mona Lisa, como por el de La Gioconda. Los demás escuchaban atentos; era de costumbre en dichas reuniones dejar que cada quien tuviese la oportunidad de expresar sus, tal vez, interesantes acotaciones, aunque fuesen de conocimiento colectivo.

 

Su creador no es más que, el extrañamente adulado por la Iglesia Católica, Leonardo Da Vinci. Y digo extrañamente adulado puesto que sus obras están tan llenas de enigmáticos códigos, como de disfrazados mensajes; ajenos a las propuestas de la cristiana entidad…

 

Todos escuchaban cuidadosamente cada detalle de la intervención. Los ojos de Wellington desafiaban al silencio para intervenir también.

 

-¡Esta Gioconda es una oda a lo andrógino! Leonardo expone su visión de la sexualidad como un autorretrato…- Se escuchó un leve cuchicheo entre los espectadores. …Sí, un autorretrato. Una imagen femínea de sí mismo; con un fondo que expone, a su vez, tanto la “lejanía” como la “proximidad”.

 

Wellington lo escrutó desafiante:

 

-¿Sugiere usted que el autor de esta obra estaba implicado en prácticas sexuales ajenas a las que la naturaleza debidamente exhorta?

 

A lo que le fue respondido con toda cordura:

 

No necesariamente, mi querido amigo. Sin embargo, las libertades del cuerpo residen en las decisiones de la mente, y estamos ante la creación de una mente muy libre

 

Wellington hizo un ademán y tomó la palabra, mientras su interlocutor se dirigió nuevamente a su puesto:

 

Otras teorías demuestran que era un encargo de Francesco Bartolomeo del Giocondo; un napolitano que solicitó los oficios de Leonardo para la elaboración de un retrato de su esposa Lisa Gherardini. De ahí probablemente venga el nombre de La Mona Lisa…

 

Algunos invitados arquearon sus cejas.

 

Prosiguió Arthur:

 

-En relación al fondo, del cual también habló nuestro invitado, podemos apreciar ríos que fluyen; brumas; vapores; rocas deshilachadas; juegos de claros y oscuros que brindan la idea de que nada es permanente, de que todo se transmuta y se funde. Atribuyendo a lo hermoso, a la belleza, ese constante ser y no ser, ese ir y venir… Incluso, no solo a la belleza, sino a la vida misma.

 

Wellington culminó, y una mujer, complementó el contexto, terminando de saborear uno de los exquisitos canapés dispuestos en el pequeño bufet, arrojando una encantadora mirada a Giselle, la esposa de Arthur, en demostración de su gratitud a razón de aquel deleite también gastronómico. Giselle, por su parte, juntó sus manos y las situó en su regazo, disponiéndose a escuchar. Gesto tan humilde como elegante, el cual sirvió de mudo introito a la intervención de la invitada.

 

Señoras y señores presentes, en efecto, la belleza expuesta por Da Vinci estriba en un sin número de dicotomías…-  La forma en que esta mujer terminaba de saborear su bocado, lejos de ser descortés y poco educada, procuraba más bien, de manera casi erótica, los deseos del colectivo en favor de acercarse a la mesa donde estaba la comida, y así saborear también aquello que deleitaba el paladar de quien continuó exponiendo sus ideas.

 

-…De esta manera, la mujer, resumida delicadamente en esta Gioconda, se muestra en comunión con la naturaleza que la rodea, con sus circunstancias, ajenas y propias. Siendo así la imagen principal del cuadro, pero también parte fundamental del fondo. Esta pintura es una metáfora dentro de otra metáfora…

 

La tos de otro invitado fue el preludio a su participación. Las intervenciones se daban de manera natural: más como una conversación, que como una pretensión competitiva de cultura. Aquello era un diálogo entre varios; fluido, respetuoso.

 

-La obra en cuestión expone el equilibrio ante todo eso que han comentado amigos míos. El balance frente a esas circunstancias que han expuesto. Esas y otras, por supuesto…. Se entrelaza la belleza interna con la externa, pues en la mirada de esta Gioconda de Da Vinci, casi se aprecia su propia alma, irradiando al mismo tiempo, felicidad y misterio. Mucho más misterio que en sus otras, también hermosas, Andrea del Verrochio, Ginevra Benci, la Madonna Litta, Cecilia Gallerani, la Dama del Armiño, la Belle Ferronière, o  incluso, en cualquiera de sus Ledas.

 

Algunos espacios de silencio separaban tales intervenciones. Pero este último fue un poco más extenso. Luego, nuevos susurros se escucharon a razón de los diversos y acertados planteamientos. El Sr. Wellington retomó el orden, recordando a los presentes que el cuchicheo no estaba permitido.

 

La aparente tensión del momento ante detalles tan interesantes en relación a la obra, distrajo los intereses del Sr. Wellington de tal forma que no se percató de que algunas velas de las lámparas que iluminaban aquel recinto fueron apagadas por el viento que dejaban entrar las ventanas. Detalle que escapó también a la oficiosidad de Giselle, quien sumida por completo en el cuadro parecía no pestañear.

 

La iluminación fue mermando poco a poco, casi de manera imperceptible a los presentes, quienes, como el Sr. Wellington, estaban maravillados ante las especulaciones de sus invitados.

 

Wellington rompió la ausencia de palabras con un tono casi imperativo:

 

-Si alguien quiere intervenir pues ha de tomar la palabra debidamente -y ya un poco más natural, culminó casi jocoso -…y tratar de impresionarnos con sus comentarios.

 

Al final del salón la silueta difusa de otro de los invitados aceptó el reto de tomar la palabra. Su voz grave demandó atención. Hilando las ideas de una manera bastante pausada dijo:

 

-Tan enigmática es la media sonrisa de esta Gioconda como también su mirada. Sus ojos burlan a los del mundo, que casi la venera. Todo el que la mire pretenderá que ella le devuelve, esa, su mirada… Tal vez sea un autorretrato; tal vez la idea del equilibrio femíneo en contraste con las realidades de la mujer de entonces y de ahora; tal vez sea el resumen de las emociones y la categorización de lo hermoso; tal vez sea Lisa Gherardi; o tal vez sea el transgénero de Gian Giacomo Caprotti Da Oreno; tal vez sea una visión atractiva de los demonios que acompañaron a Da Vinci… Quién, sino el mismo Leonardo, podría negar que haya sido incluso una consecuencia de su Salai, expuesto también como demonio en el Morgante de Luigi Pulci…

 

El volumen de la voz que intervenía fue mermando, y ya casi inaudible finalizó:

 

-…la mirada de la Gioconda nos ve a todos, a los que están… y a los que no.

 

Los presentes estuvieron absortos en esta última expresión, observando detenidamente las características del sfumato en la madera, y muy específicamente en los ojos de la Gioconda. Algunos, antes que todos, voltearon a ver a aquel que había expuesto tales consideraciones; pero la silueta desapareció ante la visión retiniana de aquellos, que minutos antes le escucharon claramente.

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En relación al ojo humano y sus funciones, la Visión Fotópica corresponde a la agudeza visual y la percepción de los detalles, cuando fijamos nuestra vista en un punto específico, apreciando así las imágenes que estén frente a nuestra proximidad.

 

A su vez, la Visión Escotópica corresponde a las percepciones que se dan alrededor de ese punto de enfoque; esos espacios cuasi borrosos que fungen de contorno a nuestro espectro de nitidez y agudeza visual, foco de nuestra atención primaria.

 

Si bien es correcto decir que su visión fotópica le permite percibir los estímulos más próximos ante sus propios ojos, también es prudente destacar que muchas veces usted haya volteado a ver algo que percibió su visión escotópica; pero ese algo, luego de voltear, simplemente haya también desaparecido ante la realidad de su retina…