Escuela y Antiescuela, por Arturo Uslar Pietri

Escuela y Antiescuela, por Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri.- Frente a la escuela hay una antiescuela. En la barriada pobre es fácil ver la contradicción de las dos. La una es el caserón huero, frío, tedioso, donde se va por unas cuantas horas aburridas a oír la monótona lección de los maestros, mientras se piensa en otra cosa y se espera con impaciencia el momento de volver a la calle. La otra, la antiescuela, no tiene casa, está en la calle, en la esquina, en la pandilla, en el cine, en la radio, en la televisión, en el juego audaz que se convierte en agresión o en menuda delincuencia. No tiene horario ni aburridos maestros. Está abierta a toda hora para ofrecer en lugar de tareas de memoria su posibilidad de aventura y su sal de riesgo.

Allí se aprende mucho más que todo lo que la escuela enseña. Se aprende viviendo, burlando, fingiendo más fuerza o más viveza que la que se tiene, estimulando las posibilidades gregarias o agresivas de cada individuo, creando una continua competencia y una pugna sin tregua que estimula todas las fuerzas y las mañas del niño.

El muchacho distraído, rebelde o burlón que no avanza en los cursos, que fracasa en los exámenes, que rompe la disciplina y que, por último, a fuerza de fracasos sucesivos termina por abandonar la escuela es el mismo que, simultáneamente, forma parte de la pandilla, aprende rápidamente la jerga orillera, finge maneras de adulto, y trata de ser más en todo que sus compañeros de vida callejera.

Mucho se ha dicho que el alto porcentaje de fracaso y de deserción entre los estudiantes de la primaria se debe a las condiciones mismas de pobreza y abandono en que muchos de ellos viven. Se piensa en la desnutrición y en el abandono como causas del crecido porcentaje de fracasados. Pocos persisten en la escuela, pocos la aprovechan, menos aún logran adquirir un conocimiento útil que los encamine en la lucha por la vida. Se piensa que las condiciones sociales en que se desenvuelven explica el escaso rendimiento de la escuela. No se puede negar que esta circunstancia dolorosa desempeña un papel importante en la falta de asiduidad y de resultados favorables en la enseñanza escolar, sin embargo, no deja de plantear muy serios interrogantes el hecho que muchos de esos niños, formados en la misma condición, son los que se incorporan con increíble aplicación y avidez al áspero aprendizaje de la antiescuela que en sus exigentes etapas enseña a vivir eficazmente contra la sociedad y en el delito.

Ese muchacho que puede transformarse en un pandillero, en un pequeño vagabundo, en un delincuente en agraz, revela condiciones valiosas de adaptabilidad, inteligencia y decisión. Ya en el alba de la picaresca, en la remota España de Carlos V, el tremendo ciego malandrín le dice a Lazarillo la exigente consigna: “el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”. Es mucho pedir, bastante más de lo que la enseñanza normal pudiera exigir y, sin embargo, la escuela no logra obtener de ese niño ni una ínfima parte de la entusiasta respuesta que la antiescuela obtiene con tanta facilidad y abundancia.

En el fondo de este dilema está planteado el grave problema de la eficacia de la escuela tradicional. Algo tendríamos que aprender de la antiescuela para reformar útilmente la escuela. Algo tendríamos que tomar de sus métodos para acercarnos a sus resultados.

Lo primero que nos enseña es que o hay sustituto para la vida real. Hay poca vida y menos realidad en la escuela. Es una convención, un ejercicio de paciencia que más bien tiende a ser diferente y hasta distinguirse de la manera espontánea y agrumadora con la que la vida enseña en la calle y el contacto social. En la calle se aprende pronto y eficazmente un lenguaje viviente, corrompido sucio, pero eficaz y viviente para las diarias necesidades. En la escuela se aprende gramática, un conjunto de reglas vanas y descarnadas, que nadie parece utilizar. En la calle se está en el continuo aprendizaje práctico de todas las formas visibles y ocultas de la relación social, mientras en la escuela hay que memorizar la historia o los rudimentos de las ciencias sociales. En la calle hay una inmediata y tangible recompensa, en poder, en prestigio y hasta en bienes materiales, del esfuerzo de cada quien, mientras en la escuela sólo hay el temor de los exámenes o una borrosa perspectiva de alguna carrera mal entrevista.

Tendría la escuela que esforzarse en adquirir algo de la terrible eficacia de la antiescuela, en ser igualmente vida y experiencia más que lección y tarea. Si el niño entrara en ella sin sentir que ha salido de su existencia ordinaria, sino que al contrario la continúa para enriquecerla y si los otros fines sanos y positivos lograran algo del atractivo de los dañosos y destructivos, estaría llenando plenamente los objetivos para los cuales se pretende haberla concebido.

Una escuela que fuera la antesala atractiva y verdadera de una sociedad madura y generosa, donde el niño entrara atraído como por un camino lleno de las mejores y más valiosas posibilidades de la gran aventura de la vida, y no un oscuro deber divorciado de la vida.

La antiescuela, de un modo muy eficaz, recluta y selecciona los trabajadores de la antisociedad y los seguidores de la anticultura. Por eso es tan difícil luchar contra ella. Acaso principalmente porque los medios que emplean son inadecuados y más la ayudan que la combaten.

Habría que revisar a fondo nuestro concepto de la escuela y de la educación toda, para esforzarnos en lograr una fórmula de aprendizaje activo y eficaz que derrote la antiescuela y recate el capital humano que aquella daña y destruye.

1974