Enseñar a vivir, por Arturo Uslar Pietri

Enseñar a vivir, por Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri.- Hace pocos años un grupo eminente de grandes personalidades, con alto conocimiento y experiencia de los problemas de la educación en diversas regiones del mundo, fue invitado por la UNESCO para preparar un informe general sobre los problemas de la educación en el mundo entero y sus posibles soluciones. El resultado de ese importante trabajo, que presidió el antiguo presidente del Gobierno francés Edgar Faure, fue un libro que produjo un gran impacto en todos los medios cultos del planeta y que constituyó la enunciación fundamental de un nuevo concepto de educación.

El libro se llamaba “Aprender a ser” y señalaba la necesidad de ampliar de un modo audaz en el campo, los métodos y el contenido de la educación. Ya no podía limitarse la enseñanza al aprendizaje, más o menos fragmentario e inconexo, de nociones científicas, sino que había que preparar a los educandos para incorporarse plena y útilmente a la vida social que les aguardaba. Enseñarlos a realizarse como seres humanos con todas sus potencialidades y prepararlos para su incorporación a una sociedad compleja y exigente.

Nadie, válidamente, podía objetar aquellas conclusiones. Se había ido creando un creciente divorcio entre la escuela y la vida. Poco prepara la enseñanza tradicional para poder integrar el individuo a la trama social tan variada y difícil de abarcar. Se les enseñan nociones científicas, pero no se les prepara para actuar y orientarse útilmente dentro de la vida colectiva.

Causa sorpresa y hasta asombro que esas mismas ideas, con muy pocas diferencias, fueron expresadas y ensayadas en la práctica hace siglo y medio por un hispanoamericano. Un hombre genial e iluminado que se adelantó a su tiempo y se anticipó extraordinariamente lo que hoy nos parecen grandes novedades y brillantes concepciones.

Ese hombre fue Simón Rodríguez, nació en Caracas hacia 1769, tuvo una larga y dura vida que lo llevó a recorrer Europa, los Estados Unidos y los países americanos, desde su nativa Venezuela hasta Colombia, Ecuador, Perú Bolivia y Chile.

Es escandaloso el desconocimiento que se la ha tenido. Apenas se le recuerda anecdóticamente por haber sido maestro de Bolívar y por algunas pintorescas situaciones, no pocas veces falsas.

Lo que logró escribir y publicar en vida, que no es sino una parte pequeña de lo mucho que había escrito y predicado, cayó en el olvido. Apenas en los últimos 30 o 40 años se han reeditado, en cortas ediciones, algunos de sus libros, se ha recogido en dos tomos todo lo conocido hasta hoy y se le han dedicado algunas biografías. Y, sin embargo, debía ser conocido en toda América como el más grande y original de sus pensadores en materia de educación. No fue un importador o traductor de ideas europeas, sino un pensador de insólita originalidad. Colocado ante el cuadro de la América Latina, en el peligroso caos que siguió a la Independencia, vio de manera permanente y reveladora que toda la clave de la posibilidad de transformar la sociedad estaba en la escuela. En una escuela nueva, que no sólo transmitiera las enseñanzas tradicionales, sino que preparara para el trabajo, para la vida y para la incorporación en una nueva sociedad. Pensaba que para hacer república había que comenzar por hacer republicanos y que, para que los hombres pudieran vivir en libertad, había que comenzar por enseñarles un oficio que les permitiera no tener que venderse y además enseñarles lo que él llamaba “sociabilidad”.

El programa que Rodríguez concibió y ensayó desde 1823 en Bogotá, 1825 en Bolivia y, luego, en muchos lugares y publicaciones, desde Concepción de Chile hasta Latacunga del Ecuador, es todavía una originalidad pasmosa. Educación para la vida, educación para el trabajo, educación para la sociedad igualitaria. Se proponía nada menos que cortar la tradición con su carga de prejuicios y poner la nación entera “en noviciado”. Para “colonizar el país con sus propios habitantes”.

La síntesis de todas sus extraordinarias ideas y de su genial anticipación la formuló en una frase, que anuncia con ciento cincuenta años de anticipación al hallazgo de la UNESCO: “Ha llegado el tiempo de enseñar a la gente a vivir”.

¿Pero quién se acuerda, en esta América olvidadiza, de ese gigante ignorado que se llamó Simón Rodríguez?