La corrupción del siglo XXI, por Alexis Aponte

La corrupción del siglo XXI, por Alexis Aponte

Alexis Aponte.- La globalización ha traído consigo cosas positivas: el volumen, la velocidad, el intercambio y la información en tiempo real, redes sociales

con mucho peso en la opinión pública, inteligencia y contrainteligencia compartida, la cooperación internacional en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, la consagración de los derechos humanos, el derecho a la vida y a la educación, la cruzada mundial contra el anti lavado de dinero y la legitimación de capitales y la lucha contra la corrupción en cualquiera de sus manifestaciones, son avances importantes para una democratización de los países.

La corrupción es uno de los flagelos que han salido a la luz pública en los últimos años, con una secuela de presidentes, ministros, funcionarios y empresarios privados llevados a la justicia de sus respectivos países u otros, en los cuales pensaban vivir tranquilamente de lo mal habido. El público podrían pensar que la corrupción ha avanzado y entronizado en diversos países del planeta. Sin embargo, en descargo de esa presunción, podemos decir que lo comentado en el primer párrafo ha contribuido a un empoderamiento de lo público por parte de los medios de comunicación, investigadores (Panamá papers), instituciones y observatorios que luchan contra la corrupción en todo el mundo.

La corrupción es uno de los delitos más detestables en el ejercicio de funciones públicas, mäs aún, ha invadido lo privado y generalmente es una conchupancia entre lo público y lo privado. La corrupción se expresa en diversas facetas; el tráfico de influencias, el soborno, el compadrazgo, el amiguismo, el nepotismo, el uso de información privilegiada, importaciones con sobreprecio, ventas de bienes del estado por debajo de su precio de mercado, licitaciones amañadas, las compras de productos vencidos u obsoletos, contratos otorgados por el estado y obras que quedan a medio hacer. En fin, la expresión de la corrupción es infinita.

El daño económico, social y moral de la corrupción es brutal para la República, para las instituciones, para la moral pública y el buen funcionamiento de la economía. La corrupción tiene un precio que se traslada a la estructura de costos de los grupos que comercializan. El delito se expresa en sobornos, comisiones, importaciones con sobreprecio, comida vencida o productos ya en desuso, su expresión en dinero es un monto que no le llega al pueblo o que tiene que pagarlo en su precio. Aquí hay una consideración moral que es necesario formular: ; las organizaciones y sus ejecutivos que promueven y hacen negocios a través de la corrupción, no pueden llamarse empresas ni empresarios, son grupos de delincuentes que ejercen una forma de delincuencia.

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El daño social es incuantificable para la sociedad, la corrupción incentiva la obtención de dinero fácil, el trabajo como una actividad del hombre para contribuir con el desarrollo econòmico y social de una nación queda para los tontos, mientras se magnifica al “vivo”, al “listo”, aquel que siempre está buscando un atajo. La corrupción en lugar de unir a la familia, la divide, no hace orgulloso a un descendiente de su progenitor y más aún, su ejemplo podría multiplicarse con todo lo que ello conlleva.

La corrupción carcome la propia estructura del estado, deslegitima a las instituciones, destruye el entorno legal tan importante para la sana convivencia. Un estado dominado por la corrupción, no puede ser atractivo para las inversiones extranjeras, lo inhabilita para diseñar y desarrollar tratados económicos y políticos de complementariedad. En el desarrollo de las políticas públicas y en sus relaciones con el ciudadano, se termina por imponer el autoritarismo, el caudillismo, el populismo y por lo tanto se decreta la muerte de la democracia como sistema político. El resultado todos los conocemos: el país se transforma en un estado fallido y la República como tal, se disuelve.

El delito crea redes de complicidad que se desarrollan en forma de espiral. 

Tanto el sobornador como el sobornado pasan a ser prisioneros de sus propios secretos. El ejercicio de la corrupción es todo un proceso, el cual podría empezar como un no tan simple tráfico de influencias, luego un soborno, luego asociaciones para delinquir, evoluciona hacia el lavado del dinero y ya en este eslabón, están a las puertas del narcotráfico. Cuando una persona se inicia en este delito en algo que podría ser intrascendente, ahí cruza la “línea de no retorno”.

Todo lo anterior en consideración viene por las recientes noticias que involucra a ex presidentes de Latinoamérica, Europa y Asia en actos de sobornos y cobros de comisiones. La lista es grande, pero nos concentraremos en América Latina dada las personalidades involucradas: Alejandro Toledo, Ollanta Humala, el hijo de la ex presidenta de Chile; Michelle Bachalet, Cristina Fernández, el ex vicepresidente de Ecuador en el gobierno del autoritario Rafael Correa. El más reciente se refiere a Luiz Ignacio Lula Da Silva, uno de los constructores y operadores del Foro de Sao Paulo, columna de la izquierda internacional y del socialismo del siglo XXI latinoamericano, éstos señores imputados por la justicia y otros en funciones de gobierno al cual se aferran como protección, en el futuro cercano tendrán que entregar cuentas, porque tarde o temprano la justicia llegará.

Odebrecht, Petrobrás, una privada y otra pública, no eran empresas, eran asociaciones para delinquir, organizaciones que hacían negocios a través del soborno, no competían en el mercado a través de licitaciones transparentes, calidad, eficiencia, precios, sino del tráfico de influencias. Petrobrás se convirtió en un nido de corruptelas en beneficio de la clase política y en una fuente de de financiamiento de delincuentes y de políticas populistas. El desparpajo es tal que Marcelo Odebrecht, hoy día cumpliento condena, dijo: …que él no había hecho nada malo, simplemente él se consiguió con políticos corruptos…

Cobra fuerza aquel dicho popular; que entre cielo y tierra, no hay nada oculto, y es verdad, el mundo de hoy día es cada vez más una aldea global, intercomunicada, informada, y en donde los secretos cada día dejan de serlo. Difícil mantenerlos, porque la sociedad exige transparencia y rendición de cuentas.