El amor es más frío que la muerte, por Ricardo Bello

El amor es más frío que la muerte, por Ricardo Bello

Ricardo Bello.– Al comenzar la más reciente novela de Ednodio Quintero tuve la impresión de adentrarme en uno de esos mundos postapocalípticos a los que nos tiene acostumbrados cierta ciencia-ficción, como la de Cormac McCarthy o Maurice Dantec, donde las devastaciones naturales, epidemias y el caos tecnológico son el pan de cada día. Situaciones extremas, límites, agobiantes pero que al mismo tiempo nos seducen con una fuerza destructiva superior a las que podemos encontrar en la realidad, con excepción de Venezuela, por supuesto. Pero poco después pasamos a un universo totalmente opuesto, el ambiente bucólico de los Andes venezolanos en la primera mitad del siglo pasado, donde crece el alter ego de Ednodio, quien efectivamente nació hace exactamente setenta años en Las Mesitas, un pueblo del Estado Trujillo con menos de 500 habitantes. Nuestro autor fue a la Escuela y creció en el Páramo para luego terminar estudiando Ingeniería Forestal en la Universidad de Los Andes en Mérida; nunca salió, se puede decir, de su origen y herida inicial.

La realidad social que muestran los habitantes de aquellos pueblos, montañas y lagunas encantadas, no es exactamente el espacio de la mitología precolombina, aquellos dioses en exilio que menciona Jacqueline Clarac en sus libros, sino la atracción sexual. El juego del lenguaje, el disfrute de la construcción verbal ha convertido a Quintero en un narrador de primer orden, que ama su trabajo y nos hace sonreír con las picardías que confiesa, pero nos recuerda al mismo tiempo aquel otro gran sátiro, Guillermo Cabrera Infante y su libro La Habana para un infante difunto, un ejercicio en autobiografía familiar donde la única actividad importante es el sexo. La iniciación sexual tiene en el nuevo libro de nuestro escritor merideño, El amor es más frío que la muerte, un rol clave, y no es tanto el relato de cómo perdieron sus personajes la virginidad, sino cuándo fueron atrapados por una pasión letal que los lleva a la demencia, la perdición y el suicidio. No es el amor como garante de una relación capaz de garantizar la visión compartida necesaria para durar años, sino el goce desquiciado capaz de hacer perder la razón. La novela fue publicada hace pocos meses por Candaya, una pequeña editorial catalana de gran calidad, fundada por profesores universitarios retirados que decidieron invertir su jubilación en un proyecto relacionado con su amor por los libros. El mérito es doble, tanto por su confianza en las posibilidades de la literatura, como por su selección de un libro que nos garantiza observar el mundo social de Los Andes desde otra perspectiva, menos conservadora y católica.

El paisaje rugoso y empedrado de la Cordillera de Los Andes tiene un rol protagónico en la narrativa de Quintero, no sólo al tener lugar ahí los encuentros impropios de parejas en celo, sino por el encanto y fascinación que arrojan las lagunas y la altura sobre los personajes y sus lectores. Sin haber nacido en Mérida, pude conocer sus paisajes a fondo, caminando y escalando picos desde mi adolescencia: El Toro, el Humboldt, la ruta a Los Nevados, pasado al pie del Espejo, las cumbres de hielo y frío, la Laguna Verde, el Suero y muchas otras, con o sin la presencia de hongos con psilocibina. No hay manera de minimizar el efecto que pueden tener sobre la vida de cualquier desprevenido que recorra esos parajes, pensando no tener que pagar las consecuencias psicológicas de haber frecuentado tal intensidad de belleza. Luego la novela sigue su curso en la ciudad de Mérida, ya bien adentrado el siglo XX, explorando las costumbres sociales de sus habitantes, fundamentalmente sexuales, organizados en pareja alrededor de un eje formado por la dinámica del deseo o la ausencia de él. Al final del libro llegamos a Japón, donde claro está, somos testigos de otra posible fantasía sexual que se escurre como un sueño húmedo en la duermevela ocasionada por alcoholes nipones y la sombra de la Yakuza en Tokyo.

El amor es más frío que la muerte es uno de los libros más personales de Ednodio Quintero en una ya larga obra narrativa, que incluye además algunos de los mejores ensayos publicados en español sobre clásicos de la literatura japonesa. Es un regreso al origen, justo cuando la realidad inmediata busca mantenernos contra nuestra voluntad en el vértice del apocalipsis venezolano y del cual sólo asomamos la cabeza para respirar, escapando a la toxicidad del chavismo, frecuentando la memoria de nuestros padres, sus alucinaciones y temores.