Ya no dependemos de Gutenberg, por Arturo Uslar Pietri

Ya no dependemos de Gutenberg, por Arturo Uslar Pietri

Se cumplen quinientos años de la muerte de Gutenberg y el mundo hace un breve alto para recordar la borrosa y controvertida figura de aquel hombre del Rhin, poco apreciado y conocido por sus contemporáneos, que se ocupaba de pequeñas y acaso insignificantes tareas y a quien un día, en un taller de artesanos de Maguncia, se le ocurrió descomponer las rígidas planchas con que grababan en madera oraciones y figuras algunos artesanos en caracteres sueltos y móviles que podían componerse y descomponerse. Por ese hecho lo llamamos hoy el inventor o padre de la imprenta.

Es cierto que la historia de la humanidad podría considerarse dividida tajantemente en dos eras por la introducción de la imprenta. Se salto del mundo del manuscrito y la lección oral al mundo del papel impreso, de los millares de millones de periódicos y de libros que diariamente devora la humanidad.

Una envejecida novela romántica de Víctor Hugo, uno de los personajes que contempla la fachada de la catedral de Nuestra Señora de Paris dice, refiriéndose al libro: “Esto matara a aquello” era una expresión de la fe entusiasta del siglo XIX en la imprenta. Para ellos el libro y el periódico eran los medios casi milagrosos de la difusión de las ideas y del afianzamiento del progreso y de la civilización. Se había podido pasar del ámbito del sermón en la nave la de iglesia a la muchedumbre dispersa de los lectores de toda una ciudad, de todo un país, de todo un mundo.

Ese entusiasmo de los románticos ha tenido sus descensos y cambios radicales en épocas posteriores. Hemos visto, hasta en nuestros días, hacer piras de libros para quemarlos como cosa dañina.

El libro y la palabra impresa se han convertido en cosa tan consubstanciada como el hombre que se ha identificado con sus vicios y sus virtudes, con sus grandezas y sus miserias, con su poderosa capacidad para el bien y para el mal.

Este quinto centenario de la muerte del hombre que, acaso accidentalmente, abrió la era de la palabra impresa, ocurre en un tiempo en que la imprenta comienza a perder su predominio absoluto.

Han surgido y compiten victoriosamente con ella otros medios de comunicación de masas. Ya no es la lectura el único medio de comunicación remota. Junto al libro y al periódico, y ciertamente con más avasalladora presencia que ellos, el mundo actual dispone de cine, la radio y la televisión. Estas novedades no son ni pueden ser insignificantes, sino que representan en realidad un cambio de vastos y todavía no bien medios alcances. Hay una significativa diferencia entre el mensaje escrito y el mensaje oído por la radio y más aun en el mensaje visto y oído por la televisión y el cine. Y esa diferencia es todavía mayor entre la situación y actitud del lector y la del oyente y espectador de los nuevos medios.

Toda una nueva concepción de las comunidades y de sus efectos en la sociedad se fundamenta en este cambio. Entre quienes más brillante y originalmente la expresan esta Marshall Mcluhan, profesor americano y autor de libros de mucho interés y controversia.

Para Mcluhan y sus seguidores, Gutenberg puso fin a la cultura y a la sociedad preliterarias, fundadas en la presencia personal y en la visión y el oído para crear un mundo de comunicación silenciosa y aislada por medio de símbolos escritos. Su arquetipo fue el lector solitario enfrascado en la magia de un libro.

La radio, el cine y la TV han regresado inesperadamente al hombre moderno a las formas y condiciones de la comunicación preliteraria. Nos han colocado en la condición del miembro de la tribu o de la aldea preliteraria. Aprendemos y recibimos mas por las presencias vivas que por los mensajes escritos.

La creación de esta especie de aldea mundial, fundada en el regreso a los medios de comunicación preliterarios puede y debe tener inmensas consecuencias en nuestra cultura y nuestro destino histórico.

A los quinientos años de su muerte, el mundo comienza a libertarse de la herencia de Gutenberg, y a regresar a condiciones y formas a las que parecía que su invención había condenado a desaparecer.

31 de Marzo de 1968