Una Cultura de la Corrupción, por Arturo Uslar Pietri

Una Cultura de la Corrupción, por Arturo Uslar Pietri

Desde hace una veintena de años en Venezuela se ha venido extendiendo una verdadera corrupción. Se llama corrupción del proceso de descomposición, destrucción, putrefacción y aniquilamiento que se produce en los organismos vivientes cuando ha cesado la fuerza vital que les daba fuerza y propósito.

En el terreno de la moral se da también un fenómeno semejante cuando el individuo o la sociedad entran, por muchas causas, en un proceso de desintegración, de descomposición y de putrefacción, en el que los valores morales y los principios éticos comienzan a desaparecer y a ser sustituidos por abyectos y elementales apetitos.

Este mal ha destruido muchas sociedades en la historia y esta activo y presente en toda organización humana, si no se ejerce en ella una actividad continua de vigilancia, prevención, saneamiento y una eficiente profilaxia moral.

Los hombres no somos virtuosos por naturaleza, pero podemos llegar a serlo, en algún grado, por convicción profunda. Como decía Lord Acton: “Todo poder corrompe” y mucho más cuando la tentación demoniaca de poderlo todo no encuentra freno ni cortapisa.

Para principios de este siglo Venezuela era un pequeño país atrasado y pobre de en el que súbitamente broto una inmensa riqueza, para cuya comprensión y manejo las gentes no estaban preparadas. Para colmo de males, esa riqueza cayo totalmente en manos del Estado y, por consiguiente, de las personas que lo representaban, con todas sus limitaciones. No se podía esperar que los hombres que han ejercido el poder en este país a lo largo del último cuarto de siglo hubieran podido entender y dedicarse a actuar para evitar las consecuencias negativas de esa riqueza súbita y para haberla canalizado sensatamente hacia el desarrollo sano de la sociedad y de la economía del país. Eso lo llame yo, hace ya muchos años, la política de “Sembrar el petróleo”.

No solo no se hizo eso así sino que, por una especie de proceso fatal de debilidad, de tentación de poder y lucro, de limitación intelectual, la clase dirigente y, con ella, la mayoría de la sociedad se lanzó al frenesí de aprovechar aquella fortuna en todas las formas posibles.

El país se convirtió en una inmensa feria de bobos en la que todos, como alucinados, participaban, esperando alcanzar alguna parte en la gran oferta de beneficios personales. El gobierno se hizo irresponsablemente dispendioso, cundió un estilo de vida de ostentación y prodigalidad, de consumismo patológico, un apetito de tener cosas, de aparentar grandeza, que penetro todas las formas de la vida social.

De esta manera, no solo se pervirtieron los patrones normales de una conducta moral y de una utilización sensata de la riqueza, sino que se dio amplia oportunidad a la proliferación de todas las formas imaginables de robo, de apropiación indebida, de viveza insolente, de enriquecimiento ilícito y de aprovechamiento indebido de poder.

El país pareció sumergirse en un carnaval de apetitos, se formaron patrones de conducta y de vida, de gasto y de ostentación, que se reflejaban, según los grados de la escala social, en mansiones al estilo de Hollywood, flotas de automóviles de lujo y de aviones privados, apartamentos en las grandes ciudades, empresas artificiales y negocios rocambolescos y todas las formas de gozo y aprovechamiento del poder político y económico.

La mayoría no quedaba excluida de este carnaval de riqueza fácil. Con el ahínco que ha debido poner en la educación o la salud, el Estado se dedico a patrocinar y promover todas las formas inimaginables del juego, de la riqueza azarosa y del menos precio del trabajo y el ahorro. El estado tahúr promovió, por todos los medios de comunicación, todas las formas del juego, desde las carreras de caballos y las loterías, hasta siniestras organizaciones clandestinas de juego, como los “terminales” que no podrían existir sin una vasta complicidad de funcionarios. A todo esto hay que añadir la casi completa impunidad de todos los delitos de enriquecimiento ilícito.

Esta cultura de la corrupción esta corroyendo las entrañas del país y no podrá ser enfrentada y corregida con meras proclamaciones vanas de propósitos de enmiendas o gestos aislados de arrepentimiento. Hay que llegar más a fondo, hay que acabar con el Estado tahúr y empresario felón y hay que establecer normativas afectivas y ejemplos reales de conducta moral y cívica. Hay que educar para el trabajo, ahorro y el servicio y no para el disfrute de la riqueza azarosa y la viveza.

De este tamaño es el desafío que tiene planteado Venezuela, si quiere verdaderamente enmendar el rumbo, curar los vicios y alcanzar su verdadero destino.