La Democracia Negada a La América Latina, por Arturo Uslar Pietri

La Democracia Negada a La América Latina, por Arturo Uslar Pietri

Arnold J. Toynbee es uno de los más famosos nombres de la historiografía contemporánea. En un tiempo que se caracteriza por haber repudiado el pensamiento sistemático y haber puesto en duda mortal al determinismo, él ha realizado la temeraria empresa de intentar una explicación, casi biológica, casi mecánica, de las causas y rasgos que aparecen y determinan el nacimiento, el florecer y la decadencia de las civilizaciones. Su vasta obra Estudio de la Historia es casi tan deslumbrante como el libro de Splenger y es una sobrecogedora y paciente pirámide de acumulación erudita que revela mucho, incita a pensar, contrasta y compara, pero que explica poco. Ni la mente ni la experiencia del hombre contemporáneo están ya para admitir sistemas cerrados de explicación de la historia universal o de la conducta humana.

En la desmesurada y panorámica vastedad de la obra de Toynbee, en la que se estudian, analizan y comparan las más variadas civilizaciones vivas o muertas desde la siriaca y la china hasta la occidental, hay la marcada ausencia del mundo hispánico. Casi no hay referencia ni consideración a la extraordinaria presencia histórica de los pueblos ibéricos y de sus descendientes americanos. En una oportunidad en que tuve el honor de ser invitado por una universidad extranjera a participar con él en un seminario sobre la América Latina, tuve la ocasión de observar su falta de conocimiento y hasta de curiosidad sobre este nuevo mundo tan peculiar. Tuve ocasión de preguntarle si había leído los trabajos de Américo Castro, que de manera tan aguda y original presentan los rasgos inconfundibles del quehacer histórico español, y me confesó que no había tenido oportunidad de leerlos.

Me temo que todavía no lo ha hecho y que no conoce bien las raíces históricas de la tremenda lucha de los pueblos hispánicos por la libertad y por la afirmación de la irrenunciable dignidad propia.
Así, al menos, lo hace pensar su reciente declaración en Río de Janeiro, donde afirmo, ante la respetuosa curiosidad de un pueblo latinoamericano, que vive en la lealtad y la porfía por viejos y venerables valores, que la democracia era un lujo incompatible con las necesidades de los países subdesarrollados.

Probablemente, tenía en mientes el sabio profesor de inglés el ejemplo de los regímenes monopartidistas y dictatoriales de los pueblos africanos, que arrancan de un pasado, de unas condiciones y de un legado de civilización completamente diferente al de América Latina. Hay algo en esa declaración infortuna que trae el eco y el recuerdos de los peores momentos en que hubo quien pretendiera la superioridad de los anglosajones y cantara, con Kipling, la grandeza y generosidad del pesado fardo del hombre blanco, encargado, por una rara suerte de providencia, de tutelar encaminar y dirigir hacia el progreso al infortunado e inferior resto de la humanidad.

Cuando los ingleses comenzaron a luchar, desde los tiempos de Juan sin Tierra, por alcanzar un régimen democrático, no era un pueblo más desarrollado de lo que son hoy en día los países de América Latina. La voluntad de lograr y mantener un régimen de Ley, libertad y justicia no es una mera consecuencia de la capacidad fabril de las naciones. Pueblos pobres han logrado mantener sus libertades y pueblos prósperos y adelantados han caído en nuestros propios días en la más odiosa e irracional forma de tiranía.

Llegar al concepto como pudiera acercarlo la declaración de Toynbee, de que la democracia es un lujo reservado, casi como la bomba nuclear, a un selecto y pequeño grupo de naciones y que el resto de la humanidad, si aspira alcanzar algunos progresos materiales y a salir de la miseria, no tiene otra alternativa que resignarse pasivamente a poner el cuello bajo la bota de un tirano, no solo es antihistórico, sino escandalosamente negativo y pesimista.

Los pueblos latinoamericanos están luchando por la libertad y por la justicia de los días de Bartolomé de las Casas, han sacrificado a esa causa generosamente vidas y bienes, y continuaran luchando, porque está en la esencia de su concepto cultural de lo humano, alcanzar y vivir en una democracia verdadera, que ninguna circunstancia puede negarles de una manera fatal y definitiva.

11 de Septiembre de 1.966