Diciendo: Buen Caballero, por Arturo Uslar Pietri

Diciendo: Buen Caballero, por Arturo Uslar Pietri

Mi padre ha muerto el martes en la noche. Estuve junto a él en toda su larga agonía. Y durante ella, y después de su tránsito, en estos días que han seguido hasta este momento en que me siento a escribir mi pensamiento, todo ha estado lleno de su figura, de su voz, de su recuerdo, de su presencia, de su ausencia. No podría hablar de otra cosa que no fuera de él. Si hablara de otra cosa sentiría que disimulo y niego. Y si por no hacerlo guardara silencio, me sentiría cobarde y pequeño, y precisamente él no me enseño a ser ni lo uno, ni lo otro.

Esto es lo menos que puedo hacer por quien fuera padre excelente e irreprochable y por quien puso en mí la más grande ternura y la más inquebrantable fe.

Le toco formarse en la agitada Venezuela que siguió al fin de guzmancismo. Su padre, el General Federico Uslar, era un amigo fraternal de Guzman Blanco. Por los días de la aclamación vivían en Caracas frente a la casa del presidente, de cuyos hijos fue amigo desde la infancia. Guardaba el recuerdo de la figura pomposa y elegante del gran caudillo cuando salía de la casa para dirigirse al Despacho del Ejecutivo Federal, y de los cocheros franceses del Presidente, que con su escaso español entraban a la bodega de la esquina a tomar vino.

Hablaba con orgullosa veneración de sus antepasados y parientes. Decía: “Mi tío Carlos Soublette, mi padrino Simón Bolívar O’Leary”. Pero no por vanidosa ostentación, porque también le complacía contar, entre otras anécdotas y tradiciones familiares, una de su abuelo el General Juan Uslar, que le decía a sus hijos, enseñándoles las hileras de sacos de fique colgados en los corredores de la hacienda en espera de la cosecha: “Estas son las cortinas de mi casa de Hannover”.

Desde muy joven tuvo la voluntad de abrirse a su propio camino. Dejando de lado el apoyo de las vinculaciones familiares, prefirió ser el hijo de sus obras. El camino que encontró abierto fue el de la guerra y por cerca de veinte años, desde la adolescencia hasta la madurez, anduvo metido en numerosas campañas que conmovieron al país en esos bravos tiempos que van desde la salida de Guzman hasta la derrota de la revolución Libertadora.

Milito junto a hombres de muy variado jaez: Joaquín Garrido, Luciano Mendoza, José Ignacio Pulido, Juan Pietri, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez. Pasó con entereza los infinitos trabajos de nuestras guerras, recibió heridas, sufrió enfermedades, recorrió las más diversas regiones. Anduvo por el oriente, por El Guapo, en los combates periféricos de la Batalla de La Victoria, en la triste y heroica jornada de Carasúa, cuando tropas venezolanas, fueron a auxiliar a los liberales colombianos, en una campaña cruenta, mal concebida y mal dirigida. El se complacía en contar los trágicos incidentes de aquel regreso en desastre, sin provisiones ni campamentos, por en medio de los indios hostiles que lo acechaban.

Sus largos años de campañas y azares en nada quebrantaron su firmeza moral. Era tan recto y erguido de cuerpo, como de espíritu y de principios. Nunca tuvo vicios, por pequeños e insignificantes que fuesen. Nunca fumó, nunca bebió, nunca jugó. Hombre de profunda y cristalina lealtad. Tenía una sola palabra y una sola cara.

Sentía admiración y afecto por las varoniles virtudes y la heroica energía del General Cipriano Castro, aun cuando no aprobaba sus errores y exceso. Acompaño a Castro en sus campañas y en sus políticas.

Cuando llego la hora difícil de la Revolución Libertadora, que con su fuerza formidable, y con el apoyo de la mayoría del país, parecía condenar a Castro al fracaso y la derrota, fue para él momento de prueba. Con la Revolución estaban muchos de sus parientes y amigos. El hijo del jefe de la revolución: Manuel Antonio Matos Ibarra, era su entrañable amigo de infancia. En los comienzos de la guerra se encontraron en una isla de las Antillas y aquel le dijo: “Arturo: tu puesto está con nosotros. Debes romper con Castro y venir a acompañarnos”. Su respuesta fue la única que el sabia dar: “Yo no puedo hacer eso, Manuel Antonio, aunque lo lamento mucho. Si lo hiciera no estaría más nunca contento de mi y ustedes, en el fondo, tendrían que despreciarme”.

Cuando vino la reacción gomecista contra Castro, en la hora en que muchos de los más importantes comilitones de aquel caudillo lo repudiaron y se pasaron al nuevo orden de cosas, mi padre, que no era de los “sesenta” ni de los compañeros favorecidos de Castro, ni de los que tuvieron figuración de primer plano en su Gobierno, se retiro con gran dignidad a una pequeña finca de café a sostener con trabajo a su familia. Le hubiera sido, sin embargo, muy fácil pasarse a las nuevas tiendas. Su suegro, el doctor y General Juan Pietri, era uno de los prohombres de la nueva situación. Permaneció apartado por siete años, trabajando tesoneramente en su tierra, sin obtener siquiera la tranquilidad, porque allí vino a buscarlo la malquerencia para llevarlo a un calabozo y remacharle la dolorosamente venezolana carga de los grillos.

Nunca vivió sino para su casa, para su mujer y para sus hijos. Nunca tuvo placer que no fuera compartido por los suyos y entre los suyos. Se levantaba con el alba, se recogía temprano. Hablaba poco. Las cosas familiares y cercanas eran para él las principales y las que le llenaban su vida.

Todo esto para por mi cabeza y por mi sentimiento en estos días, aureolando la figura de este hombre virtuoso y modesto que acababa de morir, de quien no solo tengo el nombre y apellido sino el santo orgullo de llamarlo: “Padre”.

En una de las cumbres de la literatura castellana esta el canto inmortal que Jorge Marique escribiera a la muerte de su padre. De esa prodigiosa elegia, me atrevo a tomar, sin pecado, una sola frase, para ponerla con justicia sobre la tumba del mio.

Es ésta: “vino la Muerte a llamar a su puerta, diciendo: Buen Caballero…

29 de Septiembre de 1951