Paz en Colombia y guerra en Venezuela, por Antonio Ecarri Bolívar

Paz en Colombia y guerra en Venezuela, por Antonio Ecarri Bolívar

Antonio Ecarri Bolívar.- Colombia no puede cantar victoria aún, pero va en camino de resolver una guerra espantosa, de más de 54 años, que ha dejado un saldo espeluznante: 5,7 millones de víctimas de desplazamiento forzado, 220.000 muertos, más de 25.000 desaparecidos y casi 30.000 secuestrados. En Venezuela, mientras tanto, lo más lamentable del desprecio por el diálogo o por la negociación es que todos sabemos que va a ocurrir, antes o después de la guerra, pero parece que hay quienes hacen cálculos macabros porque les cree convenir más, sentarse encima de los cadáveres, después, a negociar  que hacerlo ahora cuando nada pintan y en nada influyen.

La Fundación Paz y Reconciliación y la Iniciativa Unión por la Paz de Colombia están haciendo un seguimiento al cumplimiento de los acuerdos de paz para producir un informe cada tres meses. El propósito es entregarle al país una información recogida en el terreno, con las comunidades, los líderes locales, el gobierno y los guerrilleros en proceso de reincorporación. El analista político colombiano León Valencia Agudelo, quien preside esa Fundación, ha presentado un esquema que denomina “semáforo del conflicto” que muestra las cosas que van bien, las que aún tienen problemas y las que van mal en el proceso.

León Valencia habla de “semáforo en verde”: para referirse a la entrega de las 7.132 armas de dotación y de las 949 caletas donde reposan los recursos bélicos de reserva, lo que cerró con  éxito el ciclo del cese al fuego y las hostilidades. El “semáforo en amarillo”: se refiere a lo aprobado legalmente hasta ahora –incluyendo 64 decretos-  lo que es importante, porque facilitó el paso al desarme y a la reincorporación, pero falta lo sustancial, lo que va dirigido al conjunto de la sociedad. Empero, el semáforo está aún en rojo: en relación a que continúa la expansión de otros actores ilegales hacia zonas dejadas por las FARC y también que en varias de ellas se está produciendo una anarquía criminal.

Si utilizamos el método del “semáforo del conflicto” del analista colombiano podríamos decir que su luz roja, en el conflicto venezolano, está constituido por la feroz represión contra la juventud venezolana que lleva más de 100 muertos, en igual número de días de protestas, y ese es un escollo para cualquier intento de diálogo. Aunque hasta con el secuestrador uno dialoga, para salvar a los que quedan vivos. También está en color rojo, el incumplimiento del gobierno de los cuatro puntos propuestos por la MUD en el primer diálogo. Y, qué duda cabe, la convocatoria inconstitucional de la ANC hecha por el Presidente de la República sin facultad para ello.

La luz amarilla estaría constituida por los presos políticos, porque después del traslado de Leopoldo López a su casa, ese gesto luce como una luz, al final del túnel, para todos los demás. Y la luz verde: la disposición a la negociación, mayor a un 90%, de las bases del oficialismo y de la oposición, quienes aspiran que esta terrible crisis se resuelva sin más muertes y sin esa confrontación permanente que sigue arruinándoles la vida a centenares de familias venezolanas. Porque cuando muere un muchacho se está asesinando, como dijo Henry Ramos, a su papá, a su mamá y a toda una familia que le cambia la vida, amargamente, para siempre.

Cada vez que oigo llamados a la confrontación, en la mayoría de los casos, es de gente que se encuentra a buen recaudo, situados a miles de kilómetros de las bocas de los fusiles de los colectivos armados o de la Guardia Nacional. Para ellos sí debemos encender luz roja permanente, porque  no se les puede permitir negociar, por los que pelean a diario, ni ahora ni después de la guerra que ellos auspician y nosotros rechazamos.

Sería el colmo de la ironía histórica que el país donde hubo una guerra de guerrillas y una violencia atroz durante más de cincuenta años, como Colombia, salga de ella; y una nación, como Venezuela, que pasó todo el siglo XX en paz venga, ahora en pleno siglo XXI, a producir una confrontación sangrienta sin tradición ni vocación para ello. Todo por el empeño de una minoría, enquistada en el poder, que no quiere ni cree viable la alternancia en el poder.

Esperemos, por el bien del continente, que gringos, cubanos, colombianos y venezolanos encontremos la paz, por la vía de la libertad y la democracia, de todos nuestros pueblos. El camino es duro y difícil, pero siempre será irreversible. Apostemos a la paz que añora la mayoría y no a una guerra que le conviene a unos pocos inescrupulosos de ambos lados. Ya llegará el momento de denunciarlos con nombres y apellidos.