La lógica económica y la economía de guerra, por Alexis Aponte

La lógica económica y la economía de guerra, por Alexis Aponte

Alexis Aponte.- En épocas de hiperinflación los mandamientos económicos son muy precisos: no se puede ahorrar, porque los intereses percibidos son menores que la tasa de inflación.

La austeridad es necesaria para sobrevivir y es una manera de hacer más elástico el salario, dejar a un lado los gastos superfluos, llevar un control de gastos para administrar mejor los recursos, buscar y tener varios empleos para diversificar e incrementar los ingresos, esto último reduce vulnerabilidades y dependencia de un solo empleo. Por último, hay uno que considero pertinente hacer unos comentarios.

He leído y escuchado a varios colegas, además de excelentes economistas, brillantes analistas y buenos profesores referirse y recomendar al público venezolano “…gasten todo, gasten todo, no guarden efectivo…” Esa es una recomendación muy buena dentro de la lógica económica y la razón es obvia: el poder de compra del efectivo se licúa ante la tasa de inflación. Un bolívar de hoy, dentro de una semana va a adquirir un 30% menos de bienes y servicios.

Ahora bien, una cosa es ​la lógica económica, en la cual prevalece cierta dosis de racionalidad en la toma de decisiones, y otra la realidad económica con su cuota de irracionalidad (preferimos hablar de no racionalidad) y la obligación de hacer frente a requerimientos y necesidades enmarcado en un entorno complejo, inédito e ilógico, que necesita de respuestas correctas a la problemática económica.

No parece ser un buen consejo, más aún cuando el efectivo también se ha transformado en un bien escaso, recomendar “gastar todo, no quedarse con nada de efectivo…”, en un entorno económico social, en el cual se requiere de liquidez o alternativas de efectivo, para cancelar gastos normales y cotidianos para una familia como: comprar bienes y servicios, lograr la admisión en una clínica, tomar un taxi, ir a un supermercado y tantas gestiones ante oficinas públicas, que la mayoría de veces no tienen punto de venta porque el “sistema está caído”.

Pudiera ser válida la recomendación​, si viviéramos bajo un entorno inflacionario pero con libre convertibilidad cambiaria. Es decir, que podamos recurrir a un mercado cambiario legal, de fácil acceso y al mejor tipo de cambio, lo cual podría ser una fuente para obtener efectivo de forma inmediata. Pero la realidad no es esa. ​El mercado cambiario hasta ahora, es difuso, ambiguo y prevalece un tipo de cambio oficial Dicom) disminuido en un 33% del cambio paralelo.

En situaciones como la que vivimos en Venezuela, ​estamos obligados tanto empresas como personas naturales tener un mínimo suficiente de efectivo para hacer frente a todas las situaciones normales y otras que la mayoría de veces son sobrevenidas. Nos referimos a la compra de bienes que nos sorprende cuando aparecen con disponibilidad limitada, un gasto no presupuestado como ingresar a una clínica, más aún en un país con un sistema de salud público malo y colapsado, el mantenimiento periódico del automóvil, reparar aparatos electrodomésticos dañados por su uso o por las caídas de energía eléctrica, todo esto agravado por el monto de dichos gastos en tiempos de hiperinflación que hace imposible su presupuesto.

Una opción es ​recurrir a las tarjetas de crédito​, que en cierta forma es una alternativa de dinero en efectivo, y que dado el interés que pagamos es una manera de financiarnos con dinero barato. Pero normalmente, las tarjetas de crédito de la población en tiempos de hiperinflación están con el límite copado. Si a esto le agregamos que estamos operando en la práctica con un “corralito bancario” la tenencia de efectivo se hace cada vez màs precaria pero más necesaria.

No estamos argumentando razones de carácter axiológicos (éticos y morales) que también pudieran ser pertinentes para disentir de la recomendación comentada, sino razones de necesidad y requerimientos de una ​economía de guerra, en la cual, la mayoría de las decisiones no son racionales. Son decisiones de sobrevivencia necesarias para atender la incertidumbre y el azar propio de un caos económico.

En situaciones como la descrita, es necesario como administradores, investigadores y profesionales de las ciencias administrativas, utilizar los modelos cuantitativos, recurrir a la lógica científica, pero es necesario complementarlos con premisas no cuantitativas que tienen que ver con una realidad fuera de lo normal, que determina nuestra psiquis y nuestra conducta económica.